Samuel Santana
A mí esto
me ocurrió esta misma semana.
Desde hace mucho tiempo he venido luchando y trabajando indeteniblemente. Incluso tomando parte de mi sueño y dejando de alimentarme a la hora debida.
Es un afán por no querer dejar pasar la más mínima oportunidad de hacer dinero o de conseguir algo. Los que viven aquí en Estados Unidos saben de lo que estoy hablando. Casi todos estamos en un sistema que nos atrapa.
Pero fue el martes de esta semana, a las 7:13 de la mañana, cuando la vida me dio un campanazo. Recibí la inesperada noticia de que mi hermano mayor acababa de fallecer. Murió y con la avanzada tecnología la información llego a oído de toda la familia cercana y lejana.
Desde entonces me detuve. Me detuve por las siguientes razones.
Primero, el impacto emocional. La reacción de mi cuerpo no se hizo esperar. Me quede paralizado. Un nudo en la garganta, ojos aguados, tristeza, recuerdos innumerables y un enorme sentido de vacío. Sentí que algo grande salió de mi realidad existencial. Siendo el tercer hermano en fallecer, percibí la vida como un cuadro que ya empieza a perder partes vitales de sus detalles.
A mi hermano, que era un hombre risueño, gracioso y sumamente solidario, ya no lo volveré a ver mas en esta tierra.
Segundo, hice un alto para compartir el dolor con la familia y recibir las condolencias de amistades y personas solidarias. Tenia que hacer el espacio suficiente para las llamadas que me llegaban desde mi país y de aquí donde vivo.
Tercero, fui confrontado con la realidad de que la vida es efímera. Tanto batallar y afanarse para ver como todo, en un abrir y cerrar de ojos, se va.
Mi hermano fue un gran luchador. Lo vi por primera vez cuando yo era apenas un muchacho. Llegó desde la capital para buscarme y llevarme consigo. Desde entonces lo vi trabajar duramente para sostener a su familia. Tuvo negocios y se ocupó por largos años en diversas actividades y tareas. Paso por condiciones sumamente criticas en un país pobre y de pocas oportunidades. Pero procreó tres hijas y sostuvo su educación hasta graduarse las tres. Nunca paró. Solo cuando ya el cuerpo le indicó que ya era suficiente.
Es cierto que empezó a cosechar del fruto de su esfuerzo pero ya cuando la vida se gastaba entre achaques y males. Sus hijas lo rodearon de todo lo que pudiera necesitar y sus nietos lo llenaban de felicidad. Hace menos de dos semanas hizo la travesía desde las Floridas, Estados Unidos, hasta Santo Domingo para pasarse las navidades en su residencia con sus otros seres queridos. Sin embargo, un ataque cardiaco le tronchó todo.
Verlo dentro del ataúd era difícil aceptarlo. Ya no está con nosotros.
Desde entonces yo he perdido la marcha de la vida. Ya murieron mis padres, dos hermanas y ahora el. La ley de la vida empezó su curso.
En conclusión, la partida de mi hermano me dice que viva la vida con prudencia, que todo se va rápido.
Podemos y debemos tener anhelos, aspiraciones y sueños, pero todos dentro del marco de la sensatez y la normalidad. Nada hemos traído a esto mundo y nada nos llevaremos. Lo prioritario y mas importante es estar en paz con Dios y con nuestro prójimo; cumplir la ley y el llamado de Jesús.

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