Yo nunca tuve un reloj que valiera la pena. Es más, por muchos años en mi país andaba sin uno. El primero mas o menos fue un Citizen color amarillo. Llegó hasta a sacarme de apuros. Una vez la compañía me trasladó recién casado y como no tenía para el pasaje lo empeñé en una compraventa. (Entré a la casa ocultando la mano izquierda para que mi esposa no se diera cuenta). Lo había sacado a plazo de un año, que se me descontaba automáticamente del cheque. Fue un verdadero sacrificio, y mas que ya empezaba una familia.
Por eso cuando llegué aquí a Estados Unidos, y al empezar a ganar mis primeros dolaritos, lo primero que hice fue ir a una tienda Macy y comprarme uno. No es una cosa del otro mundo pero cumple mi necesidad.
Sin embargo hacía tres meses que andaba con el sin que funcionara porque se le había agotado la batería. Duré tanto tiempo porque al mudarme de ciudad ahora el chino me quedaba lejos. Había ido un sábado pero entonces me di cuenta de que abriría dos horas más tarde. Y como hacía tanto frio no quise esperar dos horas.
Así que seguí con mi reloj en la muñeca sin tener hora. Solo pensaba en que algún día bajaría a la ciudad.
Realmente me preocupaba cada vez que miraba el artefacto con las manecillas detenidas.
Ayer fue un día en que una familia amistad nuestra nos invitó a mí y a mi esposa a pasar la tarde en su hogar. Después de disfrutar de la comida del Día de Acción de Gracias y cuando conversábamos animadamente, de pronto Miguel tocó mi reloj y me dijo “yo puedo arreglarlo”. Solté la agarradera y le entregué la pieza. Seguimos conversando y él lo guardó en su bolsillo derecho.
Pensé que como él trabaja en New York lo llevaría allá a algún relojero. Media hora después se paró de su asiento y yo seguí conversando con los padres de su esposa sobre nuestra República Dominicana. (Con el señor William paso horas y horas hablando sobre la política, la economía y la vida social de Santo Domingo, que hará diez años no visito).
Instalamos una partida de domino mientras Nelly, Taty y Fatima preparaban un té y se ocupaban de los detalles de la cocina. Mi frente era el boricua yerno de William.
Cuando mas entretenido estaba, de pronto regresó Miguel y me entregó el reloj. Lo mire detenidamente y vi que las manecillas estaban girando.
“¿Lo arreglaste?” le pregunté.
“Claro que sí”, me dijo.
“Pensé que lo llevaría a New York”.
“No. Yo tengo todo aquí”.
“Miguel es un genio”, dijo la esposa.
“Miguel es un genio”, dijo la esposa.
No podía creerlo. Mi reloj volvió a mi muñeca con sus manecillas trabajando. (Para mi era un asunto sumamente complicado porque supuse tener que usar alguna herramienta especial para abrirlo).
No se imaginan la alegría que esto me dio y, sobre todo, el dolor de cabeza que me quitó. De vez en cuando me quitaba el reloj y lo dejaba en la mesita porque entendía que no tenía sentido andar con un reloj infuncional. Pero otra vez volvía y me lo ponía con la esperanza de algún tropezarme con un relojero. Ayer en la mañana volví y me lo puse y con el llegué a la casa de mis amigos.
Solemos hacer gestos pequeños a alguien sin saber el impacto que puede tener en su vida.
En realidad, la amistad fuerte se construye con pequeños detalles.

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