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lunes, 24 de noviembre de 2025

El poder del odio


Puedo decir que a mi edad yo he experimentado todas las emociones malas de los seres humanos. Especialmente en lo que tiene que ver con el desprecio.

Yo he odiado y me han odiado. Y esto lo he visto en todo tipo de personas, buenas, malas, santas, impías, alegres, melancólicas, sanas y psicópatas. Y también me incluyo aunque he luchado por ser un hombre correcto, bueno y respetuoso de las cosas de Dios.
Tengo la experiencia de lo que es capaz de hacer el odio en el mundo.
Hace muchos años conocí a una persona que llegó a ser el líder de la organización a la que yo pertenecía. Todos lo apoyaron por sus dotes de orador y de hombre amable, sencillo, amigable y capacidad de administración. Sin embargo, a mí me vio como amenaza o alguien que no le caía bien. (Creo que su comportamiento fue por saber que yo apoye en las elecciones a su contrincante).
Tan pronto llegó al cargo la emprendió contra mí. Primero pidió la renuncia y, luego, buscó excusas para denigrar, desacreditar, descualificar y deshonrar.
Entonces perdí auto, casa, credenciales y la moral en todas partes. En los años siguientes sobreviví a duras penas y con deudas atormentadoras. Sentí el desprecio, el rechazo y la influencia de la maldición de un líder. (Todo el mundo se alinea con quien tiene el poder y los fanáticos , adeptos y trepadores reproducen el mismo odio del jefe). En ambiente así es difícil ver justicia , solidaridad y empatía . El rencor enceguece hasta la inconsciencia.
En los meses siguientes visité su despacho, me humillé y pedí perdón.
De nada sirvió.
El odio estaba ahí y no permitía restaurar las relaciones y, mucho menos, que volviera a ocupar la posición de ante.
Han pasado años del caso y aun sigue el mismo odio. Lo veo predicando, enseñando de Jesús y siendo ponderado por el pueblo. Pero no sé qué pasara si parte con el odio. Al parecer no se curará porque en tres ocasiones he pedido perdón y nos abrazamos pero, al dar la espalda, conspira.
El otro caso fue el hombre que quiso asesinarme. Me acechaba tarde en la noche al salir de la iglesia, que estaba en el corazón de un barrio marginado y peligroso. Muchos lo sabían pero no hablaban, incluyendo mi jefe. El hombre había salido de la cárcel, tenia una banda y un prontuario de miedo. La razón para el odio había sido no darle la iglesia una carta de miembro a su abogado para que lo sacara de la cárcel con la justificación de que era un hombre bueno. Desde entonces el odio le exigía acabar con el pastor.
El odio es poderoso. Tiene la capacidad de matar, destruir, arrebatar, liquidar y postrar en la ruina a sus víctimas. El se apodera de los seres humanos y, luego, resulta difícil liberarse de él.
La mayoría de los que odian aun cuando les piden perdón lo otorgan de labios. En el corazón todavía siguen con el deseo de venganza, de desprecio y de castigo. Es casi imposible desarraigar ese mal. Difícilmente puede alguien sobreponerse a su psicología. El odio sabe manejar muy bien la mente humana. Es un manipulador. Justifica su existencia haciéndonos creer que tenemos razón, que el ofensor o enemigo merece lo peor. Y para esto alimenta nuestro ego, elevándolo hasta el narcisismo. Por eso reclamamos reivindicación, pago por el daño, castigo, vendetta, exclusión y hasta muerte en la horca, el paredón o la silla eléctrica.
Jesús perdonaba a las gentes pero no el sistema.
Hace mucho que la sabiduría bíblica hablo sobre esto.
“Como ciudad invadida sin murallas es el hombre que no domina su espíritu” (Proverbios 25:28).
“No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:21).
“La discreción del hombre le hace lento para la ira, y su gloria es pasar por alto una ofensa” (Proverbios 19:11).
“El hombre irascible suscita ruinas, pero el lento para la ira apacigua contiendas” (Proverbios 15:18).
“El lento para la ira tiene gran prudencia, pero el que es irascible ensalza la necedad” (Proverbios 14:29).
“Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32.
Con relación a esto dice Jhon Gill lo siguiente:
“Que un poderoso guerrero o conquistador; como Alejandro que venció a sus enemigos, e incluso a todo el mundo, y sin embargo en su ira mató a sus mejores amigos: un hombre lento para enfadarse es estimado…, respetado por los hombres y feliz en sí mismo; y es preferible al hombre más fuerte que no se domina a sí mismo ni a sus pasiones. Uno que domina su temperamento, que puede gobernarse a sí mismo y no permitir que sus pasiones excedan los límites, es superior en fuerza a aquel que puede asaltar un castillo o tomar una ciudad fortificada”.
Un individuo picado por resentimientos e incapaz de conocer sus artimañas, no puede asumir posiciones de poder y de influencia. Sería darle el trono al odio. Imaginaos a un soldado lleno de odio detrás de un cañón.
Recordemos el terrible caso de Timothy James McVeigh. Fue el terrorista que causó la explosión en Oklahoma City.
Había sido veterano de la Guerra del Golfo pero radicalizado contra el gobierno de Estados Unidos por lo de Waco y por el caso Ruby Ridge de 1992.
Cuando los que dominan tienen el corazón dañado, es indudable que habrá conflictos, destrucción y guerras interminables.

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